Viaje al pasado a través de nuestras fosas nasales

Traducción de Elena Blanco-Suárez

Mi primer recuerdo de infancia es el de olor a pies. Ocurrió durante una de las siestas obligatorias en la guardería, donde todos dormíamos en pequeñas colchonetas en el suelo. Yo me encontrada despierto inexplicablemente; ajeno a la silenciosa patrulla de la cuidadora detrás de mí, me di la vuelta – intentando encontrar una postura más cómoda, sin duda – y tal fue la rancia oleada de fétido olor a pies que me dio en la nariz, que hasta el día de hoy el aroma de ciertos quesos en las tiendas de alimentación pueden llegar a revolverme el estómago recordando las medias de color carne y su contenido nocivo.

Por supuesto, no soy el único conocedor del poder de los aromas a la hora de traer recuerdos del pasado a la memoria; según un estudio de 1987 en EE.UU. llevado a cabo por National Geographic, de entre los aproximadamente 26.000 encuestados/as, de todos los grupos de edad (desde los 20 a los 80), al menos el 30% aseguró tener un recuerdo vívido provocado por uno de los seis olores a los que fueron expuestos [1]. Más recientemente, medios de entretenimiento reputados como Mashable and BuzzFeed han recopilado una lista de olores inductores de nostalgia, desde el Play-Doh al algodón de azúcar. Mi anécdota personal no es más que un ejemplo del llamado “Fenómeno/efecto Proust”. Llamado así en honor al brillante, a la vez que ampuloso, escritor francés que a menudo se encontraba en busca del tiempo perdido, el fenómeno Proust describe la habilidad a la hora de escribir largos párrafos de introducción con pura palabrería para evocar, a través de olores, viejos recuerdos autobiográficos, vívidos y con carga emocional [2].

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Una escena de memoria involuntaria inducida por el olfato/gusto, es decir, un buen ejemplo del fenómeno Proust, de la película de animación de Pixar, Ratatouille.

Pero ¿por qué el fenómeno Proust es, coloquialmente hablando, algo? Si el olor, o sentido del olfato, de verdad tiene propiedades únicas que lo convierten en un atajo para formar recuerdos emocionales, entonces ¿por qué para empezar necesitamos este atajo? Después de todo, psicólogos desde los 70 han reseñado que la vista, no el olfato, es el sentido dominante [3]. Sin mencionar que, después de pasar más de un año en la misma guardería, tuve que haberme encontrado con la cuidadora que me quitó el aliento más de una vez, y aun así (afortunadamente) sólo recuerdo ese único evento. Si el atajo olfatorio-autobiográfico existe, ¿cómo es que solo parece activarse ocasionalmente? Para contestar estas preguntas es necesario recurrir a una verbosidad y vocabulario que no poseo, pero trataré de esbozar los aspectos neurobiológicos de estas curiosas observaciones.

El olfato, a su nivel más básico, se puede describir como “el conocimiento de la clase de componentes químicos que hay en el aire”. Para nuestros antiguos parientes bacterianos los cuales flotaban en la sopa primordial, solo existían dos amplios sentidos: la quimio-sensibilidad, es decir “olfato ancestral”, y la mecano-sensibilidad, es decir “el tacto” [4]. De entre estos dos, la quimio-sensibilidad era la fuente de información predominante; una gran cantidad de maquinarias proteicas capaces de atrapar las diferentes moléculas – u “odorantes”, para los animales de mayor tamaño con sentido del olfato – que fueron desarrollándose a lo largo del tiempo, por el cual las bacterias podían moverse hacia nutrientes compuestos de glucosa y alejarse de los potencialmente dañinos [4]. Este marco de ventaja, donde los receptores de señales químicas junto con la captación de señales ambientales del otro lado de la frontera del mundo celular son relevantes para la supervivencia, se ha preservado a lo largo de la evolución en muchas formas diferentes hasta el día de hoy, beneficiándose de ello tanto la búsqueda de alimento como la procreación [5].

La implementación de este sistema lo constituye la nariz como prominente característica en los mamíferos, incluyéndonos a nosotros mismos como mamíferos que somos. La nariz se encarga de proteger hasta cierto punto nuestro epitelio olfativo, una capa de tejido que contiene neuronas capaces de identificar compuestos químicos transmitidos por el aire, proporcionando acceso a la fragancia de las rosas, de un vino, o de pies apestosos a través del aire inhalado. Aunque no dependemos del olfato tanto en nuestro día a día como los perros o las ratas – los campeones mamíferos de la identificación olfativa – y solo reconocemos una pequeña fracción de los olores que nuestros pequeños parientes peludos identifican [6], parte de nuestro sistema nervioso posee un circuito similar. Las neuronas del epitelio olfativo se comunican desde del nervio olfatorio hasta el bulbo olfatorio, estructuras nerviosas que transmiten información al córtex cerebral donde, por lo que sabemos, se forman los recuerdos autobiográficos [7]. Al igual que las bacterias quimio-sensibles (o como pasa con cualquier sentido en realidad), el olfato mamífero se preocupa principalmente de la supervivencia, una observación que encaja con la arquitectura del aparato olfativo de bulbo-a-córtex: existen conexiones directas entre el bulbo olfatorio y el córtex piriforme/olfatorio en dos de las estructuras implicadas en emociones y memoria: la amígdala y el hipocampo [7]. Esta arquitectura, en resumen, es muy posiblemente parte del “atajo” que mencioné anteriormente.

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Diagrama simplificado del sistema olfativo de los mamíferos. OSN: neurona sensorial olfativa.

El poder de este atajo olfativo, probablemente deriva del poder de las emociones en “asociar” eventos a la memoria a largo plazo. Este proceso de asociación, en mamíferos, se cree que depende de la amígdala, y potencia la memoria emocional a lo largo del tiempo [8]. En humanos, varios casos de estudio han mostrado daño en ambas amígdalas (todos tenemos dos) que elimina o reduce drásticamente esa potenciación de memoria episódica – categoría que incluye la memoria autobiográfica – y contiene material emocional (por ejemplo, escenas horribles de una película de terror) [8]. La “memorización” real, por otro lado, depende de la interacción entre el hipocampo y el resto del córtex cerebral [9]. Creo que es razonable esperar que, con la información olfativa que ya está disponible y más o menos de manera simultánea en la amígdala y el hipocampo [7], el sentido del olfato se encuentre en una posición privilegiada para generar recuerdos persistentes en el tiempo, lo que habría además proporcionado ventajas sustanciales en la supervivencia, como le hubiera ocurrido a una rata que acaba encontrándose en el perímetro de caza impregnado de orina de gatos salvajes.

Siguiendo con el ejemplo de la rata, uno podría darse cuenta de que ciertamente jugaría en ventaja de la rata el hecho de que, por ejemplo, la rata recordase cada rastro de orina después de los primeros encuentros – una segunda visita a ese perímetro podría ser fatal, después de todo. Entre tanto, vivir asustado ante cualquier olor que flote en el aire, nuevo o conocido, podría resultar en una forma de vida demasiado extenuante. Lo que se necesita es un nuevo sistema de detección que “recompense” los primeros encuentros y produzca recuerdos persistentes, a la vez que estabiliza dicha memoria. Sin duda, hay pruebas en ratones de que la novedad de los olores ambientales determinan los efectos del enriquecimiento de la memoria haciendo el bulbo olfatorio más maleable, a través de la molécula norepinefrina [10]. El bulbo olfatorio también es uno de los dos únicos lugares donde en la mayoría de los cerebros mamíferos adultos muestran neurogénesis, donde nuevas neuronas se generan durante la edad adulta, a pesar de la creencia popular de que las neuronas son más o menos de por vida, y experimenta con nuevos olores que sin duda llevan a incrementos aparentes en la concentración del tejido del bulbo olfatorio en ratones [10]. Dadas las conexiones recíprocas entre el bulbo olfatorio y el hipocampo a través del córtex entorrinal, otro área implicada en la formación de la memoria episódica [7], me atrevo a decir que monitorizar simultáneamente el bulbo olfatorio y el hipocampo clarificaría un poco mejor la naturaleza del atajo Proustiano.

A pesar de que sabemos un poco más sobre cómo la memoria olfativa podría estar formándose, aún existen varios misterios a examinar: ¿puede un olor bueno “desplazar” a uno malo, si el contexto sensorial permanece igual? ¿Por qué parece que solo recordamos una pequeña fracción, incluso de entre los recuerdos acompañados de olores que han formado arraigadas opiniones? ¿Tienen los chefs recuerdos más nítidos? Si estas cavilaciones te llaman la atención, querido lector, ten por seguro que no estás solo en tu curiosidad. Y aunque este post ha sido sobre el pasado, creo que es momento para mirar hacia adelante, al futuro, sean los que sean los olores que nos traerá.

Referencias:

[1] Gilbert, A. N., Wysocki, C. J. The smell survey results. Natl. Geographic 172:514-525 (1987).

[2] Chu, S., Downes, J. J. Odour-evoked autobiographical memories: psychological investigations of Proustian phenomena. Chem. Senses 25(1): 111-116 (2000).

[3] Posner, M. I., Nissen, M. J.,  Klein, R. M. Visual dominance: an information-processing account of its origins and significance. Psychol. Rev.83 (2): 157-171 (1976).

[4] Harapanahalli, A. K. et al., Chemical signals and mechanosensing in bacterial responses to their environment. PLoS Pathog. 11 (8):  e1005057 (2015).

[5] Stocker, R. F., Olfactory coding: connecting odorant receptor expression and behavior in the drosophila larva. Curr. Biol. 16 (1): R16-R18 (2006).

[6] Quignon, P. et al., The dog and rat olfactory receptor repertoires. Genome Biol. 6 (10): R83

[7] Mouly, A., Sullivan, R. Memory and plasticity in the olfactory system: from infancy to adulthood. The Neurobiology of Olfaction Ch. 15, CRC Press/Taylor & Francis (2010).

[8] Yonelinas, A. P., Ritchey, M. The slow forgetting of emotional episodic memories: an emotional binding account. Trends Cogn. Sci. 19 (5): 259-267 (2015).

[9] Nadel, L., Moscovitch, M. Memory consolidation, retrograde amnesia and the hippocampal complex. Curr. Opin. Neurobiol. 7: 217-227 (1997).

[10] Veyrac, A. et al., Novelty determines the effects of olfactory enrichment on memory and neurogenesis through noradrenergic mechanisms. Neuropsychopharmacology 34: 786-795 (2009).

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